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11 agosto 2015

Acérquense, ¿lo oyen? ¡Carpeee Dieeem!

Oh, Capitán, mi Capitán…

Coged las rosas mientras podáis,
veloz el tiempo vuela,
la misma flor que hoy admiráis,
mañana estará muerta.

“Aprovecha el momento, incierto es el mañana”. Eso significa Carpe diem quam minimum credula postero, una expresión latina acuñada por el poeta Horacio; una expresión que se adecua a una filosofía de la vida: la de “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy” o “vive cada minuto de tu vida como si fuese el último”. Hoy el concepto no es nada desconocido y con más o menos tino todos lo ponemos en práctica casi sin darnos cuenta, pero en su momento el Carpe Diem marcó una época, un personaje y una generación.

Mediados de los 90. Los nombres de Herrick o Whitman no nos decían nada a ninguno, y mucho menos John Keating, pero llegaron junto con un Club de Poetas Muertos listos para enseñarnos unas lecciones de vida y poesía que no olvidaríamos nunca. El optimista, idealista y soñador profesor Robin Williams, eternamente asociado al grito de “¡Oh, capitán, mi capitán!”, pregonaba el Carpe Diem por todos los costados y una poesía de liderazgo, superación personal e inspiración que marcó a toda una generación. 

Ironías de la vida, nos dejó un genio de la comedia, un payaso de mirada triste, aquel que abogaba por el “Aprovechad el momento.” No sé qué tiene la película El Club de los Poetas Muertos, pero hay algo en ella que la hace especial. Quizá que no solo enseña a vivir el momento, sino que nuestra identidad es lo mejor que tenemos, que nadie tiene la verdad absoluta y que debemos ser los dueños de nuestras vidas. Ahora no puedo más que recordar al profesor Keating que tanto nos enseñó. Gracias Robin. 

Carpeee, Carpe Dieeem…

Exultamos, ¡oh costas y tañidos, oh campanas!
Pero yo, con triste pisada
Camino en cubierta donde está mi Capitán 
Caído muerto y frío.

06 agosto 2015

Irrespirable

Ni respires...

Respiramos un aire irrespirable. Y no lo digo yo. Somos más cochinos que los cochinos que ensuciamos todo a nuestro paso, tiramos basura donde no debemos y contaminamos mar, tierra y aire si es preciso, no vayamos a quedarnos cortos. Los índices de ese nada molón CO2 suben como la espuma, y con ello baja nuestra esperanza de vida. Consecuencias de una falta de civismo urbano.

Las ciudades visten una boina de diminutas partículas contaminantes por supuesto nada elegante para nuestras cabezas ni sana para nuestros pulmones. Y como Spain is different, por mal agüero ahí están nuestros héroes políticos que saben hacer lo que mejor saben hacer: nada. Ahora atrincherémonos en casa, cerremos los cristales de los coches y pongamos en ON el aire acondicionado porque es de suponer que será el único aire limpio que podremos respirar en las grandes urbes donde ni las ratas pueden vivir. Eso o hagamos como las cabras: tirar para el monte.